Buscar este blog

Cargando...

sábado, 27 de agosto de 2016

SUIZA EN LA ZARZUELA.

Paisaje alpino

Seb.
Buenos días, Don Hilarión. Hace tiempo que no nos vemos. Presumo que ha estado usted de vacaciones.

Hil.
Buenos días, Don Sebastián. Pues sí he estado unos días de viaje de asueto, emigrando temporalmente de la canícula madrileña y sumándome a la costumbre de la diáspora estival imperante entre nuestros conciudadanos. ¿Y usted?

Seb.
Pues aquí, en el foro, combatiendo los calores con un buen refresco de naranja o de cebá, Contemplando a los turistas sudar la gota en este Madrid castizo y cosmopolita. Y disfrutando de las verbenas agosteñas, o sea, de San Cayetano, la Paloma y San Lorenzo, ¡que ése sí que pasó calor, ¡el pobre!

Pero dígame, amigo mío. ¿Dónde ha sentado usted sus reales en estos días?

Hil.
Bueno, sentar, lo que se dice sentar los reales … He estado haciendo un recorrido, un circuito,  un “tour”  por una parte de Suiza.

Seb.
¿Suiza? Un país precioso, tengo entendido …

lunes, 8 de agosto de 2016

DEFENSA DEL LIBRETISTA.



Sucede con frecuencia, con demasiada frecuencia que se cercenar el texto hablado de las zarzuelas, en cantidad y calidad, dejando situaciones sin resolver o personajes a medio definir. Esta práctica suele ser tan habitual que para muchos directores de escena, parece haberse convertido en una obligación. 

Ya hemos sufrido una Francisquita cuyo texto en verso, fue “pasado” a prosa, lo que nos parece un auténtico “delito” ético y artístico; hemos conocido también obras casi de nueva creación que aprovechan el tirón de un título conocido para llevar público al teatro; zarzuelas a las que se añaden fragmentos de otras … para que el espectáculo dure algo más.  También hemos visto personajes  “trasplantados” de época y ambiente (un Julián de La verbena convertido en butanero macizo y potente… ) y obras “modernizadas” teatralmente inferiores al original.

Las razones esgrimidas para estos cambio y “renovaciones” son variadas: que los chistes de antes no vamos a entenderlos hoy (¿quién lo sabe?), que los cantantes de hoy no saben decir el verso (¿no sería mejor que aprendieran?) Qué no se puede hacer el teatro hoy como hace cincuenta o cien años (¿alguien esta pidiendo telones pintados en la escena, o vestuarios de nuestras abuelas?). Todo sin que se rasguen los velos del templo, sin que a nadie se le caigan los anillos y, sobre todo, sin que nadie trate de poner coto a estos desmanes.

Las justificaciones son las de siempre: aligerar el texto (¿por qué no se aligera la música?), “actualizar” la obra, quitarle “caspa”, buscar intenciones morales o políticas que no tiene el original … Toda una serie de argumentos más que discutibles en la mayoría de los casos. Además, no son pocas las veces en que estas razones se esgrimen de manera ofensiva y violenta contra quienes no las comparten, porque no son (dicen) modernos o progresistas.

Ya es hora de empezar a decir que no.

No se trata de mantenerse rigurosa y obsesivamente fiel al original, se pueden hacer ajustes, claro, pero las tijeras y el pegamento conviene dejarlos en casa para reparaciones domésticas. Eso de “cortar y pegar” quizá esté bien para las nuevas tecnologías, pero no debería admitirlo el mundo del arte.

Lo mismo puede decirse de la ambientación. Vean ustedes, si los libretistas de Luisa Fernanda llevaron el final al campo extremeño, ¿Tiene sentido cambiar la dehesa por una playa del Caribe, sólo porque así pueden sacar a la soprano en bikini? (por cierto, si algún realizador hace esta “actualización”, que sepa que me debe los derechos de propiedad intelectual). Bromas aparte, ¿qué valor añaden estas modificaciones?

Más difícil de valorar son aquellos cambios producto de concepciones morales, sociológicas o políticas de nuestra época, distintas a las de centurias pasadas. Aunque lo hacemos a cada momento, no es recomendable juzgar con criterios de hoy lo sucedido hace décadas; podemos cometer graves errores y caer en injusticias.

Podríamos seguir argumentando y poniendo ejemplos, como también podrían hacerlos quienes sostienen ideas contrarias a las nuestras. Lo sé, quizá lo mejor sea no alargar innecesariamente estas líneas, porque temo que no sirvan para mucho..

Sí diré, con firmeza, que el libreto de una zarzuela define su estructura, describe sicológicamente a sus personajes a través del texto (tanto hablado como cantado), desarrolla el argumento imaginado por sus autores, construye las interrelaciones entre los distintos personajes, y lleva al final deseado por los literatos. La música es fundamental, claro, porque crea ambientes, sensaciones, estados de ánimo, sugiere ideas, paisajes… pero no transmite ideas concretas como lo hacen las palabras. Piénselo fríamente; si usted quisiera llamar “tonto”  a alguien, ¿cómo lo haría: con una nota o con un acorde? ¿Grave o agudo? ¿Largo o corto? Es cierto que la música demuestra constantemente su capacidad para enmarcar la manera y la intencionalidad de las palabras, pero el mensaje lo transmite la letra. Permítanme un par de ejemplos. 

Escuchen ustedes el segundo movimiento del Cuarteto en Do mayo, Op. 73 nº 3, de Haydn, el llamado “Emperador”; a nadie se le ocurre ponerse firme … a nadie que no sea alemán, porque esta música es el himno nacional de Alemania. No, señores, no, Eso de “prima la música e poi le parole”, es el título de una ópera escrita por Giovanni Battista Casti con música de Antonio Salieri, estrenada en Viena en 1786. Pero como frase referida a la zarzuela, pretendiendo poner “primero la música y después las palabras”, es inadecuada y equivocada. En la zarzuela, palabras (no sólo las cantadas) y música van de la mano; una y otras conforman el espectáculo.


Vidal Hernando.

viernes, 22 de julio de 2016

UN ESFUERZO MAS





El 28 de septiembre de 1911, Joaquín Taboada Steger,(1870-1923), compositor, hijo del también compositor Rafael, y autor de muchas canciones y zarzuelas, algunas de ellas dedicadas al público infantil, publicaba el siguiente artículo que merece la pena ser leído con atención.  Al terminar la lectura, es recomendable hacerse la siguiente pregunta: ¿Hemos cambiado en estos más de cien años?.







 
 Por Joaquín Taboada Steger.


Un esfuerzo más. Esta año ha correspondido la limosna a Conrado del Campo, un buen músico.
No voy yo ahora a hacer un juicio crítico de su ópera El final de Don Álvaro[1], ni a discutir su mérito, el cual, desde luego, reconozco y felicito al compositor por haberla escrito, pero le censuro haberla estrenado.

Tres representaciones le han dado a la nueva obra que han correspondido a las tres últimas funciones de la temporada. La Empresa ha cumplido su compromiso. Los abonados han quedado satisfechos.

El arte español … como siempre.

Así no se adelanta un  paso, más bien vamos hacia atrás. ¿Quién tiene la culpa?. Los músicos.
No nos quejemos, pues, si vemos arrastrar una vida vil y lastimosa a la ópera española.

Es mucho más digno reinar en un modesto aposento, que albergarse vergonzosamente en el más espléndido palacio.

Desde el año 1908 a 1911, no se han estrenado en España arriba de ocho o nueve óperas, entre las cuales recuerdo por este orden: El certamen de Cremona, Zaragoza, Mayarido (Margaridó?). Margarita la tornera, Colomba, La maja de rumbo (de autor español estrenada en América) y El final de Don Álvaro. Pues bien, este escasísimo número de producciones musicales, me parece todavía excesivo para un público hostil y un ambiente contrario, que es todo cuanto encuentra en su espinoso camino el músico español que se propone “lavorare” en serio. ¿Qué es tarea difícil y casi utopía llevar a cabo tan grande empresa? Yo creo que no. Únanse, mejor dicho, hermánense los maestros que hoy se preocupan por ello, y no piensen en la creación de la ópera española. Esta existe; búsquesela un templo sea el que fuere, porque deificado por tan alta misión, el último teatro puede ser el primero.

Pretender que estrenándose una o dos óperas al año, las cuales quedan enseguida excluidas del repertorio, puede llegarse a obtener la beligerancia en el mundo musical, esa sí que es una verdadera utopía.

¿Por qué no se ha hecho esta año Colomba? ¿Y Margarita la tornera, ha vivido ya bastante? A esto contestará la empresa, que sus intereses son sagrados, y que a defenderlos va complaciendo al abono, a más de las muchas dificultades con que tropieza para ensayar las obras españolas, por la resistencia que para ello encuentra en los cantantes célebres, que vienen escriturados por un número de funciones e imponiendo cada cual las obras de su repertorio, y como quiera que el aprender una obra nueva española representa para ellos un trabajo estéril, está hasta cierto punto justificada su resistencia. Así que considero que los artistas tienen razón y que la empresa tiene razón también.
Todo está dentro de los ritos del teatro Real.

Vamos a suponer que las óperas escritas hasta hoy por nuestros maestros, no están a la altura ni pueden figurar al lado de las más sublimes creaciones de los músicos italianos y alemanes. ¿Pero es que estos han sido célebres ya por sus primeras obras? Wagner, escribiendo solamente Rienzi, ¿sería Wagner? Verdi, si después de escribir tantas obras no hubiese llegado a Rigoleto, Aida y Otelo, ¿sería el mismo Verdi?

El camino del arte es infinito.

Los hombres son antes niños, y no creo que el don de la música haya sido reservado exclusivamente para inteligencias de determinados países.

Con mucho gusto vería que firmas más autorizadas que la mía, vertiesen ideas sobre este asunto que de tanta importancia es para el arte español, y lograran con más talento apartar a nuestros músicos del equivocado y vergonzoso sendero por donde caminan, abriendo sus ojos a la luz de la realidad y aprestándoles a una lucha digna, donde encuentren noble y franco enemigo, no juez indiferente que les perdone la vida, reconociendo tan sólo en cada obra española que se estrena “un esfuerzo más”.


[1] Drama lírico en dos actos, con libro de Carlos Fernández Shaw, basado en Don Álvaro o la fuerza del sino, de Ángel Saavedra, Duque de Rivas. Música de Conrado del Campo. Estreno: 4 de marzo de 1911, en el Teatro Real, de Madrid. Acción en la Villa de Hornachuelos (Córdoba), mediados del siglo XVIII.

martes, 19 de julio de 2016

LA ZARZUELA VA A LA ESCUELA



No se trata de ninguna idea de ninguna autoridad educativa para hacer más llevaderos estos calores veraniegos. No. Con el título de La zarzuela. Propuestas para el aula, la Fundación Jacinto e Inocencio Guerrero ha publicado un cuaderno didáctico que, en unas pocas páginas, resume qué es la zarzuela y cuáles son sus características. Ha sido concebido como orientación para el profesorado para acercar este género musical español al alumnado de enseñanza media, haciéndole partícipe a través de ejercicios y actividades de distinta naturaleza.

En un condensado texto, se informa del origen del género, de sus etapas más relevantes, de sus características y estructura. No falta un breve recuerdo a los principales compositores y la mención de los distintos profesionales necesarios para poner sobre la escena un espectáculo de esta naturaleza.

Al mismo tiempo se incluyen varias sugerencias, planteadas como actividades complementarias y dos “proyectos”  destinados a que los propios alumnos, ayudados por sus profesores, desarrollen una actividad pedagógica en torno a este tema. Incluye, también, un cuadro esquemático, resumido pero muy eficaz, de los compositores y escritores relacionados con la zarzuela en los siglos XVII a XX. El cuaderno incluye la partitura de dos números musicales muy populares: la “Canción del sembrador” de La rosa del azafrán y el “Tango de doña Virtudes” de La Gran Vía.  

Editado por Ediciones Santillana, el cuaderno ha sido redactado por Ana Hernández Sanchiz, de la Fundación Jacinto e Inocencio Guerrero con la revisión del Departamento de Actividades Pedagógicas del teatro de la Zarzuela.

Quienes estén interesados La zarzuela. Propuestas para el aula, pueden dirigirse a la Fundación Jacinto e Inocencio Guerrero. Gran Vía 78, 5º Izda. 28013-Madrid.

domingo, 10 de julio de 2016

EL SEÑOR ABSTENCIÓN.



Pensamientos de un barbero.
 
  
Quien haya estado alguna vez en mi barbería habrá podido observar algunos carteles informativos cuyo contenido es una exigencia sin paliativos: “se prohíbe cantar y bailar”, o la expresión de un derecho que me asiste en mi calidad de proveedor de servicios: “reservado el derecho de admisión”. No había tenido necesidad de hacer valer ninguno de ellos, pero hoy me he visto obligado a hacer efectivo el segundo: he tenido que echar a la calle a un visitante que no ha llegado s ser cliente. Me explicaré.

A eso del mediodía ha entrado un señor, ni joven ni viejo, ni alto ni bajo, ni gordo ni delgado, ni guapo ni feo, ni con aspecto acomodado ni apariencia menesterosa, ni contento ni triste… Podríamos decir que era un señor “del montón”, calificación que todo el mundo entiende, aunque  no aclara prácticamente nada.

El sujeto ha saludado con un simple “Hola”, nada de “buenos días” ni otra fórmula social al uso. Se ha sentado, le he colocado el babero y le he dicho: “¿Qué va a ser?” Es la primera pregunta, como es habitual y lógico. A partir de ella y mediante otras preguntas ya más específicas, se va uno enterando de qué espera de nosoros el cliente.

El sujeto de esta mañana no ha contestado. Pensando que no me había oído, volví a preguntar; ninguna respuesta. Me puse delante de él y, señalándome el oído quise saber si era duro de oído. Habló, y me dijo que no, que oía perfectamente.

Volví a la carga con una frase comercial impersonal, muy utilizada por los vendedores: “¿qué desea el señor?”. Tampoco hubo contestación.

Empezaba a impacientarme y decidí cambiar de estrategia, acotando el terreno para tratar de averiguar los deseos del sujeto, por la vía de la exclusión. Y pregunté: “¿quiere que le arregle el pelo?” Si hubiera respondido afirmativamente hubiera continuado sonsacándole antes de meterlas tijeras: corto, largo, cuello redondo o cuadrado, flequillo o frente despejada, raya a la izquierda, o a la derecha, orejas despejadas u ocultas … En fin, detalles básicos para mi labor restauradora. Nada; sin respuesta.

Pensando, sin mucho convencimiento, que lo que este hombre iba buscando era un afeitado (falta le hacía), y para asegurarme, se lo pregunté. Tampoco abrió la boca.

Respiré hondo porque notaba que me iba cargando. Con mucho respeto y educación, pero mostrando determinación y franqueza, le hice ver que necesitaba saber sus deseos: “No puedo trabajar, le dije, si no me dice usted qué quiere”.

Esta vez habló; pero, pero habló: “Me da igual”. Tres palabras que pueden traducirse en otras tres con similar significado: “No lo sé”; “Me es indiferente”, ¡Qué más da!... He dicho similar significado, pero debería haber escrito, sin ninguna decisión.

Estaba ya tan encendido, como ustedes comprenderán, que podía apagar la luz del espejo. ¿Qué podía hacer? ¡Qué impotencia! ¡Al borde del colapso!

El hombre debió darse cuenta de mi estado y se apiado. Abrió la boca y, tranquilamente, dijo: “Perdone usted, señor barbero. Soy diputado en cortes por el partido de la oposición, diputado de número, de los que no se significan. Estoy acostumbrado, porque llevo en esto muchos años, a dos cosas: a votar lo que me diga mi jefe de filas y … a no hacer nada más.

¡Acabáramos!, exclamé casi a gritos. ¡Usted es el Sr. Abstención! ¡El de ni sí, ni no! (o con estrambote: sino todo lo contrario). ¡El de ni a favor ni en contra! ¡El de ni blanco ni negro! ¡El de ni chicha ni limoná! ¡El de ni mía ni de nadie! …

“Hombre, volvió a hablar . si usted lo ve así … pero yo … no opino”.

“Pues lo siento mucho, amigo mío” (le dije, recalcando esto último de manera que quedara claro que lo de “amigo mío” era una coletilla profesional, no la expresión de una relación humana), “aquí tiene usted que mojarse, que elegir, que tomar una decisión”.

“¿Una decisión? No puedo. ¿No le acabo de decir que lo mío es la abstención?

“Pues aquí la cosa está clara: o toma usted una decisión, o toma usted la puerta”. Y señalándole la salida, añadí: “En este valle de lágrimas, a los hombres nos toca decidir todo … menos la muerte. Esa nos viene ya dada”.

Bueno, esa y las decisiones de muchos políticos en el Congreso.

Lamparilla

(Todo esto es consecuencia de que no sólo de zarzuelerías vive el hombre).